Día 7: Concord, Cambridge, Boston

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“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme solo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido”
Henry David Thoreau, 1854

Salimos de Cape Cod en dirección norte, hacia Boston. Pero antes de llegar allí debemos hacer una parada fundamental, necesaria: vamos a ver la laguna de Walden.

En 1845 Henry David Thoreau, escritor, naturalista y filósofo, era un hombre alarmado por la, a su juicio, insoportable obsesión de sus conciudadanos por pagar hipotecas, trabajar como cosacos para ganar más dinero y acumular posesiones materiales totalmente inútiles. En un gesto radical, Thoreau decidió desprenderse de todas las comodidades de la vida moderna de aquel entonces e irse dos años a vivir a una cabaña solitaria construida con sus propias manos en los bosques junto a la laguna de Walden, a las afueras de Concord, Massachusetts. Vivir aislado en los bosques, con la sola compañía de la naturaleza. Quería con ello recuperar para sí mismo un pulso vital que consideraba perdido desde que el hombre dejó de ser un ser primitivo.

Dos años después volvió para contarlo a quien quisiera oírle. Lo hizo a través de Walden, el largo, impresionante y profundísimo ensayo que es hoy un clásico de la literatura americana. En el mundo actual, tan descreído, cínico y escéptico, las palabras de Thoreau pueden sonar a vulgar “hippismo” new age, pero todas mis posibles reservas se desmoronan cuando leo el libro y constato la asombrosa lucidez de este hombre. También cuando compruebo lo tremendamente actual que resulta todo lo que escribió hace ciento cincuenta años. No es un libro fácil de leer, y de hecho me está costando, pero lo tengo prácticamente subrayado de cabo a rabo, pues cada dos páginas Thoreau se destapa con frases memorables:

“La mayoría de los hombres lleva vida de tranquila desesperación. Lo que se llama resignación es desesperación confirmada”

“La mayoría de los hombres se enredan en el pago de una hipoteca, tras lo cual creen tener una casa, sin saber que es la casa la que los tiene a ellos. Además, parecen no haber considerado nunca lo que es una casa, y resultan en realidad, sin necesidad, pobres toda su vida porque piensan que deben vivir como su vecino”.

“Normalmente, si alguien quiere algo de mí, es solo para saber cuántos acres tiene su tierra –pues soy agrimensor- o, a lo sumo, para saber de qué noticias triviales me he enterado. Nunca pleitearán por mi carne, prefieren la cáscara”.

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Thoreau huye de todo ello para experimentar la soledad en el bosque e intentar hallar una elevación espiritual:

“En me
dio de una suave lluvia, fui consciente de pronto de la dulce y beneficiosa compañía de la naturaleza y, en el repiqueteo mismo de las gotas y en toda imagen y sonido alrededor de mi casa, un infinito e inexplicable afecto, como una atmósfera que me mantuviera, volvió insignificantes las ventajas imaginadas de la vecindad humana, y no he vuelto a pensar en ellas desde entonces. Cada pequeña aguja de pino crecía, se hinchaba de simpatía y me brindaba su amistad. Fui consciente de la presencia de algo con lo que tenía un claro parentesco (…) Pensé que ningún lugar podría resultarme extraño en adelante”.

Un libro grandioso, que destapa al filósofo (“Al acumular propiedad para nosotros o o nuestra posteridad, al fundar una familia o una hacienda, o incluso al adquirir fama, somos mortales, pero al tratar con la verdad somos inmortales y no hemos de temer cambio ni accidente”), al intelectual que alerta sobre las contradicciones del progreso (“Nos jactamos de pertenecer al siglo XIX y de estar haciendo más rápidos progresos que ninguna otra nación, pero considerad lo poco que hace esta ciudad por su propia cultura”) o al observador jocoso que anticipa graciosamente la mal llamada Era de la Información de este principio de siglo XXI (“Ansiamos perforar un túnel bajo el Atlántico y aproximar en unas semanas el viejo al nuevo mundo, pero tal vez las primeras noticias que se filtrarán a través del amplio, aleteante oído americano, sean que la princesa Adelaida tiene la tos ferina”).

Pues lo más impresionante de Walden es la increíble actualidad del libro. No pasan tres páginas sin que uno aplique alguna de las máximas de Thoreau al estado actual de la economía, la sociedad, la televisión o el periodismo.

20140202-203256.jpgWalden era también el libro de cabecera de Christopher McCandless, aquel muchacho que abrazó las ideas de Thoreau, Jack London y otros hasta el punto de borrar su identidad, romper con su vida anterior, abandonar a su familia para vivir como un nómada y disfrutar plenamente de la naturaleza, y cuya increíble historia llevó Sean Penn al cine en esa joya de película que es Hacia Rutas Salvajes (Into the Wild, 2007).

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L20140202-203036.jpgo primero que llama la atención al llegar a la laguna de Walden es el increíble mimo con el que los americanos tratan los restos de su corta historia. Aquí unos pilones indican la ubicación exacta de la cabaña de Thoreau, que ya no existe. Al otro lado de la laguna se alza una reproducción exacta de la vivienda, junto a una estatua del autor. La zona está protegida, se llega por carretera y se autoriza el baño y el camping, pero impera el escrupuloso respeto medioambiental. La laguna respira serenidad.

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Da pena irse de aquí, pero tenemos el día apretado: queremos llegar a Boston, pasando antes por la vecina ciudad de Cambridge para echar un vistazo al famoso campus de su Universidad de Harvard. Así lo hacemos. Echamos una rápida ojeada a los jardines de la universidad más antigua del país y llegamos a Boston antes de que caiga la noche. Mañana hablaremos de la gran metrópoli del estado.

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Acerca de lamarmotaphil

Iker Zabala, ingeniero de telecomunicaciones, aficionado al cine, la música y la literatura y colaborador de la revista Jot Down. Me puse muy estupendo con los amigos, denostando con mucha suficiencia Twitter y otras "redes sociales" y jurando que jamás me abriría una cuenta ahí. He creado este blog para disimular y vencer el mono.
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