Día 14: el final de Los Soprano

Holstens

Philadelphia, PA => Bloomfield, NJ => New York, NY

Somos (espero) legión los que venimos a Estados Unidos a comportarnos como niños en el día de Reyes. Es darnos un coche, gasolina y carretera y entregarnos a peregrinajes infantiles , buscando en la ruta del día lugares de paso más o menos inanes, pero glorificados en la memoria colectiva por el filtro de la cultura pop. En Madrid tiene uno a veinte kilómetros de casa todo un monasterio de El Escorial al que no va desde hace décadas pero ¿qué es eso comparado con poder desviarse un centenar de millas de la ruta para poder saludar a la marmota de Punxsutawney? No hay color, oiga.

El estado de Nueva Jersey tendría para quien esto escribe algo de lugar anodino con ínfulas (se le conoce, no sin un punto de sarcasmo, como “The Garden State”, pese a tener poco atractivo más allá de esa Las Vegas del este que es Atlantic City, que ya ven) si no fuera porque uno lo tiene permanentemente en la cabeza por dos motivos: la”boardwalk” (al parecer ahora decadente y en estado de semiabandono) de Asbury Park, territorio de esa mitología de la derrota y la huida a cargo del primer y mejor Bruce Springsteen, y por supuesto por ser el escenario de las muchas vidas de Tony Soprano y su familia.

No tenemos tiempo para visitar Atlantic City ni (lástima) el muelle de Asbury Park, pero sí para hacer una tontería tan entrañable como enriquecedora: hacer parada para desayunar en Holsten’s, aquel bar donde se producía el comentadísimo, polémico, celebérrimo y genial final de Los Soprano.

El local vive de ello, no lo duden. Entramos justo cuando abren, y al dueño le basta echarme una rápida mirada para comentar no sin cierto cansancio en la voz: “Venís a ver la mesa de Tony Soprano, ¿verdad?” El tufillo a turista atolondrado que debo despedir se eleva por encima del cargado ambiente de huevos fritos y aros de cebolla. Me siento algo estúpido con la cámara en mano, pero qué quieren que les diga: ya estamos aquí y no hay vuelta atrás. Tras mi respuesta afirmativa el propietario ejecuta una mueca de aburrimiento, pero al estar el local vacío tiene un detalle, como descubriremos enseguida: nos acompaña al fondo del local y nos deja sentarnos en una mesa, la de Tony Soprano y familia, en la que un cartel indica que solo puede ocuparse bajo previa reserva para un mínimo de cuatro personas. Ya ven, ni que fuera la Capilla Sixtina. O sí, qué diablos.

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Echamos allí un ratejo bebiendo un batido hipercalórico y echando fotos del lugar. Las paredes del local están decoradas con fotos de la serie y de los días del rodaje, y por supuesto una falsa gramola de atrezzo decora la mesa. La visita, por lo demás algo absurda, sí sirve para constatar algo que ya leí por ahí: la decoración de Holsten’s en la escena de marras, con aquel enorme mural en la pared posterior, no es ni mucho menos la real del establecimiento, sino el producto del calculado empeño de David Chase de culminar su gran obra en un decorado cargado de simbolismo. Lean por ahí, no faltan kilómetros de literatura online al respecto.

Tras quince minutos en el local y la pertinente visita al baño, cual hombre misterioso de la famosa escena, damos por concluida la tontuna y enfilamos la carretera hacia Manhattan, que crean que no también tiene su puntillo.

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DSCN3468Estuvimos aquí una semana entera hace ahora tres años, por lo que el plan consiste básicamente en echar dos días agradables, sin prisas de ningún tipo, para visitar con calma algunos lugares que se quedaron por entonces en el tintero. Empezamos por la High Line, el original parque construido sobre las antiguas vías de una línea de monorraíl que se extiende un par de kilómetros desde el Meatpacking District hasta la calle 34, y que recorremos entero. Damos entonces una vuelta por Midtown, parando el alguna tienda y local a tomar algo. Les diría eso tan socorrido que tiene uno aquí la sensación de estar donde hay que estar, en la capital del mundo, pero lo ha dicho tanta gente y es un lugar común tan trillado que de tanto repetirlo al final va a parecer que ni siquiera es verdad.

Por último, esperamos a propósito a la caída del sol para subir al atarceder al mirador del Rockefeller Center, que supera en mucho al célebre punto de observación del Empire State Building por un motivo: desde el Rockefeller se puede ver el Empire. Punto.

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Qué lugar Nueva York, oiga.

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Acerca de lamarmotaphil

Iker Zabala, ingeniero de telecomunicaciones, aficionado al cine, la música y la literatura y colaborador de la revista Jot Down. Me puse muy estupendo con los amigos, denostando con mucha suficiencia Twitter y otras "redes sociales" y jurando que jamás me abriría una cuenta ahí. He creado este blog para disimular y vencer el mono.
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